El Papa advirtió de no caer en la terrible tentación de querer destruir la buena reputación del otro, acusando falsamente y asegura que “acoger la palabra de Jesús nos hace hermanos entre nosotros y nos hace ser la familia de Jesús”. Por el contrario, hablar de los demás y destruir su fama, “nos hace la familia del diablo”. Durante el Ángelus de este 10 de junio, el Santo Padre expuso el Evangelio del día, en el que Jesús tuvo que enfrentar dos tipos de malentendidos – el de los escribas y el de sus propios familiares – para advertir de la malicia con la que, de forma premeditada, uno quiere destruir la buena reputación del otro. Compartimos a continuación el texto completo de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (cf Mc 3, 20-35) nos muestra dos tipos de incomprensiones que Jesús tuvo que afrontar: la de los escribas y la de sus propios familiares.

La primera incomprensión. Los escribas eran hombres instruidos en las Sagradas Escrituras y encargados de explicarlas al pueblo. Algunos de ellos son enviados de Jerusalén a Galilea, donde la fama de Jesús comenzaba a difundirse, para desacreditarlo ante los ojos de la gente: para hacer el oficio de chismosos, desacreditando al otro, quitándole la autoridad, esta cosa fea. Y estos han sido enviados para hacer esto. Y estos escribas llegan con una acusación precisa y terrible – estos no ahorraban medios, van al centro y dicen así: «Éste está poseído por Belzebú y expulsa a los demonios por medio del jefe de los demonios» (v.22). Esto es, el jefe de los demonios es quién lo empuja; que equivale a decir más o menos: “Este es un endemoniado”. De hecho Jesús curaba a muchos enfermos, y ellos querían hacer creer que lo hacía no con el Espíritu de Dios – como lo hacía Jesús –, sino con el del Maligno, con la fuerza del Diablo. Jesús reacciona con palabras fuertes y claras, no tolera esto, porque esos escribas, quizás sin darse cuenta, están cayendo en el pecado más grave: negar y blasfemar el Amor de Dios que está presente y obra en Jesús. Y la blasfemia, el pecado contra el Espíritu Santo, es el único pecado imperdonable – así lo dice Jesús – porque parte de una cerrazón del corazón a la misericordia de Dios que actúa en Jesús.

Pero este episodio contiene una advertencia que nos sirve a todos. De hecho, puede suceder que una fuerte envidia por la bondad y por las buenas obras de una persona impulsen a acusarla falsamente. Aquí hay un verdadero veneno mortal: la malicia con la que de forma premeditada, se quiere destruir la buena fama del otro. ¡Dios nos libre de esta terrible tentación! Y si, examinando nuestra conciencia, nos damos cuenta de que esta mala hierba está germinando dentro de nosotros, vayamos inmediatamente a confesarnos en el sacramento de la Penitencia, antes de que se desarrolle y produzca sus efectos malvados, que son incurables. Estén atentos, porque esta actitud destruye a las familias, a las amistades, a las comunidades y en fin a la sociedad.

El Evangelio de hoy nos habla también de otra incomprensión, muy distinta, hacia Jesús: la de sus familiares. Estos estaban preocupados, porque su nueva vida itinerante les parecía una locura (v. 21). De hecho, Él se mostró tan disponible para la gente, especialmente para los enfermos y los pecadores, hasta el punto de no tener ni siquiera tiempo para comer. Jesús era así: primero la gente, servir a la gente, ayudar a la gente, enseñar a la gente, curar a la gente. Era para la gente. No tenía tiempo ni para comer. Sus familiares, por tanto, deciden traerlo de regreso a Nazaret, a casa. Llegan al lugar donde Jesús está predicando y lo mandan llamar. Le dicen a Jesús: «Mira, tu madre, tus hermanos y hermanas están afuera y te buscan» (v. 32). Él responde: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?», y mirando a las personas que estaban a torno suyo lo rodean para escucharlo, agrega: «¡He aquí mi madre y mis hermanos! Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, hermana y madre para mí» (v. 33-34). Jesús ha formado una nueva familia, que ya no se basa en vínculos naturales, sino en la fe en Él, en su amor que nos acoge y nos une entre nosotros, en el Espíritu Santo. Todos aquellos que aceptan la palabra de Jesús son hijos de Dios y hermanos entre sí. Acoger la palabra de Jesús nos hace hermanos entre nosotros, nos convierte en familia de Jesús. Hablar mal de los otros, destruir la fama de los otros nos convierte en la familia del Diablo.

Esa respuesta de Jesús no es una falta de respeto hacia su madre y sus familiares. De hecho, para María es el mayor reconocimiento, porque precisamente ella es la perfecta discípula que ha obedecido en todo la voluntad de Dios. Que nos ayude la Virgen Madre a vivir siempre en comunión con Jesús, reconociendo la obra del Espíritu Santo que actúa en Él y en la Iglesia, regenerando el mundo a una vida nueva.