En alusión a la lectura dominical que narra cuando Jesús es rechazado como profeta en su propia tierra, el Santo Padre exhorta a “abrir el corazón a la fe”, gracia con la que Dios, “hecho hombre”, quiere llenar nuestro vacío interior. Este 8 de julio, el Papa Francisco rezó la oración mariana del Ángelus, como es habitual, desde la ventana del Palacio Apostólico acompañado por miles de fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro. Profundizando sobre la lectura dominical, el pasaje del Evangelio según San Marcos que relata el regreso de Jesús a Nazaret para enseñar en la sinagoga (sin guardar el shabat), el Santo Padre explicó cómo Jesús, cuya fama de sabio y maestro se había extendido por toda Galilea, no fue capaz de realizar ningún prodigio en su propia tierra, sino sólo un par de curaciones. Compartimos a continuación el texto completo de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La página evangélica de hoy (Mc 6, 1-6) presenta a Jesús que regresa a Nazaret y en el sábado se pone a enseñar en la sinagoga. Desde que se fue y comenzó a predicar por las aldeas y los pueblos cercanos, no había vuelto a poner un pie en su patria. Por tanto, habrá ido toda la aldea a escuchar a este hijo del pueblo, cuya fama de maestro sabio y poderoso sanador se extendía ahora por Galilea y más allá. Pero lo que podría perfilarse como un éxito, se convirtió en un clamoroso rechazo, hasta el punto de que Jesús no puede realizar ningún prodigio, sino solo algunas curaciones (cf. v. 5). La dinámica de este día es reconstruida en detalle por el evangelista Marcos: la gente de Nazaret primero escucha, y se queda asombrada; después se pregunta perpleja: ¿«De dónde vienen estas cosas», esta sabiduría?; y al final se escandaliza, reconociendo en Él al carpintero, el hijo de María, a quien vieron crecer (vv. 2-3). Por tanto Jesús concluye con la expresión que se convierte en proverbial: «Nadie es profeta en su tierra» (v.4).

Nos preguntamos: ¿cómo los paisanos de Jesús pasan de la maravilla a la incredulidad? Ellos hacen una comparación entre el origen humilde de Jesús con sus capacidades actuales: es un carpintero, no estudió, pero predica mejor que los escribas y hace milagros. Y en lugar de abrirse a la realidad, se escandalizan. Según los habitantes de Nazaret, ¡Dios es demasiado grande para rebajarse a hablar a través de un hombre tan simple! Es el escándalo de la encarnación: el evento desconcertante de un Dios hecho carne, que piensa con mente de hombre, trabaja y actúa con manos de hombre, ama con corazón de hombre, un Dios que se fatiga, come y duerme como uno de nosotros. El Hijo de Dios pone de cabeza todo esquema humano: no son los discípulos quienes lavaron los pies del Señor, sino es el Señor quien lavó los pies a los discípulos (Jn 13, 1-20). Esto es un motivo de escándalo e incredulidad, no solo en esa época, en toda época, incluso hoy.

La “puesta de cabeza” obrada por Jesús compromete a sus discípulos de ayer y de hoy a una verificación personal y comunitaria. Incluso hoy de hecho puede suceder que alimentemos prejuicios que impiden captar la realidad. Pero el Señor nos invita hoy a asumir una actitud de escucha humilde y de espera dócil, porque la gracia de Dios a menudo se nos presenta de modos sorprendentes, que no corresponden a nuestras expectativas. Pensemos juntos en la Madre Teresa de Calcuta, por ejemplo. Una hermanita pequeña - nadie daba ni 10 liras por ella -  que iba por las calles para recoger a los moribundos para que pudieran tener una muerte digna. ¡Esta pequeña hermanita con la oración y con su obra ha hecho maravillas! La pequeñez de una mujer ha revolucionado la obra de la caridad en la Iglesia. Es un ejemplo de nuestros días. Dios no se ajusta a los prejuicios. Debemos esforzarnos para abrir el corazón y la mente, para acoger la realidad divina que sale al encuentro. Se trata de tener fe: la falta de fe es un obstáculo para la gracia de Dios. Muchos bautizados viven como si Cristo no existiera: se repiten los gestos y los signos de la fe, pero a ello no corresponde una real adhesión a la persona de Jesús y a su Evangelio. Cada cristiano -  todos nosotros, cada uno de nosotros - está llamado a profundizar en esta pertenencia fundamental, buscando dar testimonio de ella mediante una conducta coherente de vida, cuyo hilo conductor siempre será la caridad.

Pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen María, que ablande la dureza de los corazones y la estrechez de la mente, para que estemos abiertos a su gracia, a su verdad y a su misión de bondad y misericordia, que está dirigida a todos, sin alguna exclusión.