La obra de Dios no consiste tanto en el “hacer” cosas sino en el “creer” en Aquel que Él ha enviado: con estas palabras se dirigió el Papa Francisco a los numerosos peregrinos llegados a la Plaza de San Pedro este 5 de agosto, para rezar junto a Él la oración del Ángelus y escuchar su reflexión sobre el Evangelio dominical. Es el Evangelio de Juan que guía la reflexión del Obispo de Roma de este domingo estivo de agosto; un pasaje que recuerda el encuentro de la muchedumbre con Jesús, que después de haber sido saciada por Él con el pan, se pregunta qué hacer para agradar a Dios. Un encuentro, que como recuerda el mismo Papa, está “lleno de ternura” porque Jesús sale al encuentro de la gente para satisfacer sus necesidades, aunque – evidencia el Papa Francisco – “a Jesús no le basta que la gente lo busque, quiere que la gente lo conozca; quiere que su búsqueda y el encuentro con Él vayan más allá de la satisfacción inmediata de las necesidades materiales”. Reproducimos a continuación el texto completo de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En estos últimos domingos la liturgia nos ha mostrado la imagen cargada de ternura de Jesús que sale al encuentro de las multitudes y sus necesidades. En el pasaje evangélico de hoy (Jn 6, 24-35) la perspectiva cambia: es la multitud, alimentada por Jesús, la que se pone nuevamente en busca de Él, va al encuentro de Jesús. Pero a Jesús no le basta que la gente lo busque, Él quiere que la gente lo conozca; quiere que la búsqueda de Él y el encuentro con Él vayan más allá de la satisfacción inmediata de las necesidades materiales. Jesús vino a traernos algo más, a abrir nuestra existencia a un horizonte más amplio respecto a las preocupaciones cotidianas de alimentarse, de vestirse, de la carrera y así sucesivamente. Por tanto, volviéndose hacia la multitud, exclama: «Ustedes no me buscan porque han visto los signos, sino porque han comido de esos panes y se han saciado» (v 26). Así estimula a la gente a dar un paso adelante, a interrogarse sobre el significado del milagro, y no sólo a aprovecharse de Él. De hecho, ¡la multiplicación de los panes y los peces es un signo del gran don que el padre le ha dado a la humanidad y que es Jesús mismo!

Él, verdadero «pan de vida» (v. 35), quiere saciar no sólo a los cuerpos sino también a las almas, dando el alimento espiritual que puede satisfacer el hambre profunda. Por esto invita a la multitud a procurarse no el alimento que no dura, sino aquel que permanece para la vida eterna (cf v. 27). Se trata de un alimento que Jesús nos da cada día: su Palabra, su Cuerpo, su Sangre. La multitud escucha la invitación del Señor, pero no comprende el sentido – como a menudo nos sucede a nosotros – y le preguntan: «¿Qué debemos hacer para cumplir con las obras de Dios?» (v 28). Los oyentes de Jesús piensan que Él les pide la observancia de los preceptos para obtener otros milagros como la multiplicación de los panes. Es una tentación común, esta, de reducir la religión sólo a la práctica de las leyes, proyectando en nuestra relación con Dios la imagen de la relación entre los siervos y su amo: los siervos deben realizar las tareas que el amo les ha asignado, para obtener su benevolencia. Esto lo sabemos todos. Por eso la multitud quiere saber de Jesús qué acciones debe hacer para agradar a Dios. Pero Jesús da una respuesta inesperada: «Esta es la obra de Dios: que crean en quien Él ha enviado» (v. 29). Estas palabras están dirigidas, hoy, también a nosotros: la obra de Dios no consiste tanto en “hacer” cosas, sino en “creer” en Aquel a quien Él ha enviado. Esto significa que la fe en Jesús nos permite hacer las obras de Dios. Si nos dejáramos envolver en esta relación de amor y confianza con Jesús, seremos capaces de realizar buenas obras que tengan el perfume del Evangelio, para el bien y las necesidades de los hermanos.

El Señor nos invita a no olvidar que, si es necesario preocuparse por el pan material, aún más importante es cultivar la relación con Él, reforzar nuestra fe en Él que es el «Pan de Vida», venido para saciar nuestra hambre de verdad, nuestra hambre de justicia, nuestra hambre de amor. La Virgen María, en el día que recordamos la dedicación de la Basílica de Santa María Mayor en Roma, la Salus populi romani, nos sostenga en nuestro camino de fe y nos ayude a abandonarnos con alegría al designio de Dios sobre nuestra vida.