“Dedicamos la catequesis de hoy al canto del Gloria y a la oración colecta que forman parte de los ritos introductorios de la Santa Misa”, lo dijo el Papa Francisco en la Audiencia General de este 10 de enero, prosiguiendo con el nuevo ciclo de catequesis dedicadas a la Eucaristía. En el recorrido de catequesis dedicados a la celebración eucarística, recordó el Pontífice, hemos visto que el Acto Penitencial nos ayuda a despojarnos de nuestras presunciones y a presentarnos a Dios como somos realmente, consientes de ser pecadores, con la esperanza de ser perdonados. Justamente, señaló el Papa Francisco, del encuentro entre la miseria humana y la misericordia divina toma vida la gratitud expresada en el “Gloria”, un himno antiguo y venerable con el cual la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica y suplica a Dios Padre y al Cordero. Antes de concluir su catequesis, el Papa Francisco recordó que, en el Rito Romano las oraciones son concisas pero ricas de significado. “Volver a meditar los textos, incluso fuera de la Misa, puede ayudarnos a aprender a dirigirnos a Dios, qué cosa pedir, qué palabras usar. Pueda la liturgia convertirse para todos nosotros en una verdadera escuela de oración”. Reproducimos a continuación, el texto completo de su catequesis, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la ruta de catequesis sobre la celebración eucarística, hemos visto que el Acto Penitencial nos ayuda a despojarnos de nuestras presunciones y a presentarnos a Dios como somos realmente, conscientes de ser pecadores, en la esperanza de ser perdonados.

Justamente del encuentro entre la miseria humana y la misericordia divina toma vida la gratitud expresada en el “Gloria”, «un himno antiquísimo y venerable con el que la Iglesia, reunida en el Espíritu Santo, glorifica y suplica a Dios Padre y al Cordero» (Orden General del Misal Romano, 53)

El exordio de este himno - “Gloria a Dios en las alturas” - retoma el canto de los Ángeles en el nacimiento de Jesús en Belén, gozoso anuncio del abrazo entre el cielo y la tierra. Este canto nos involucra también a nosotros, reunidos en oración: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad».

Después del “Gloria”, o cuando no lo hay, inmediatamente después del Acto Penitencial, la oración toma una forma particular en la oración denominada “colecta”, por medio de la cual se expresa el carácter propio de la celebración, variando según los días y los tiempos del año (cfr ibid., 54). Con la invitación “oremos”, el sacerdote exhorta al pueblo a recogerse con él en un momento de silencio, a fin de tomar conciencia de estar en la presencia de Dios y hacer emerger, cada uno en el propio corazón, las intenciones personales con que participa en la Misa (cfr ibid., 54). El sacerdote dice «oremos»; y después, viene un momento de silencio, y cada uno piensa en las cosas que necesita, que quiere pedir, en la oración.

El silencio no se reduce a la ausencia de palabras, sino a disponerse a escuchar otras voces: la de nuestro corazón y, sobre todo, la voz del Espíritu Santo. En la liturgia, la naturaleza del silencio sacro depende del momento en que tiene lugar: «Durante el acto penitencial y después de la invitación a la oración, ayuda al recogimiento; después de la lectura o la homilía, es un reclamo a meditar brevemente lo que se ha escuchado; después de la Comunión, favorece la oración interior de alabanza y de súplica» (ibid., 45). Por tanto, antes de la oración inicial, el silencio ayuda a recogerse en nosotros mismos y pensar el porqué estamos ahí. Esa es la importancia de escuchar nuestro ánimo para abrirlo después al Señor. Quizá venimos de días de fatiga, de alegría, de dolor y queremos decirlo al Señor, invocar su ayuda, pedir que esté cerca; tenemos familiares y amigos enfermos o que atraviesan pruebas difíciles; deseamos encomendar a Dios la suerte de la Iglesia y del mundo. Y para esto sirve el breve silencio antes de que el sacerdote, recogiendo las intenciones de cada uno, exprese en voz alta a Dios, en nombre de todos, la oración común que concluye los ritos introductorios, haciendo precisamente la “colecta” de las intenciones particulares. Recomiendo vivamente a los sacerdotes observar este momento de silencio y no ir de prisa: «oremos», y que se haga el silencio. Recomiendo esto a los sacerdotes. Sin este silencio, arriesgamos el trastocar el recogimiento del alma.

El sacerdote recita esta súplica, esta oración colecta, con los brazos abiertos y la actitud del orante, asumido por los cristianos de los primeros siglos - como dan testimonio los frescos de las catacumbas romanas - para imitar a Cristo con los brazos abiertos sobre el leño de la cruz. ¡Y ahí, Cristo es el Orante y es además la oración! En el Crucifijo reconocemos al Sacerdote que ofrece a Dios el culto agradable a Él, o sea la obediencia filial.

En el Rito Romano, las oraciones son concisas pero ricas en significado: se pueden hacer muchas hermosas meditaciones sobre estas oraciones. ¡Muy hermosas! Volver a meditar los textos, aún fuera de la Misa, puede ayudarnos a aprender como dirigirnos a Dios, qué pedir, qué palabras usar. Pueda la liturgia convertirse para todos nosotros en una verdadera escuela de oración.