Este 13 de junio, miércoles de la 10ma. semana del Tiempo Ordinario, el Papa Francisco inició un nuevo ciclo de catequesis, sobre el tema de los mandamientos, para ver cada uno de ellos como “la puerta que el Padre celestial ha abierto para conducirnos a la vida verdadera”. Para realizar la introducción, y como él mismo lo dijo, tomó como punto de partida el pasaje del Evangelio que se leyó en la plaza de San Pedro esta mañana, en el que un hombre pregunta al Maestro cómo hacer para heredar la Vida Eterna. Una pregunta en la que – señaló el Papa – se encuentra el desafío de toda existencia, es decir, el deseo de una vida plena e infinita. Reflexionando sobre cómo alcanzar esa vida plena el Pontífice posó su pensamiento en los jóvenes, que tratan de “vivir” y en cambio se destruyen yendo detrás de cosas efímeras. Reproducimos a continuación el texto completo de su catequesis, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy es la fiesta de San Antonio de Padua. ¿Quién  de ustedes se llama Antonio? Un aplauso para todos los “Antonios”. Hoy comenzamos un nuevo itinerario de catequesis sobre el tema de los mandamientos. Los mandamientos de la ley de Dios. Para introducirlo nos inspiramos en el pasaje que acabamos de escuchar: el encuentro entre Jesús y un hombre – es un joven – que, de rodillas, le pregunta cómo poder heredar la vida eterna (cf. Mc 10, 17-21). Y en esa pregunta está el desafío de cada existencia, también de la nuestra: el deseo de una vida plena, infinita. Pero ¿cómo hacer para llegar? ¿Qué sendero recorrer? Vivir de verdad, vivir una existencia noble… Cuántos jóvenes buscan “vivir” y luego se destruyen persiguiendo cosas efímeras.

Algunos piensan que sea mejor apagar este impulso – el impulso de vivir – porque es peligroso. Quisiera decir, especialmente a los jóvenes: nuestro peor enemigo no son los problemas concretos, tan serios y dramáticos como son: el peligro mas grande de la vida es un mal espíritu de adaptación que no es mansedumbre o humildad, sino mediocridad, pusilanimidad [1]. Un joven mediocre ¿es un joven con futuro o no? ¡No! Se queda ahí, no crece, no tendrá éxito. La mediocridad o la pusilanimidad. Esos jóvenes que tienen miedo de todo. “No, yo soy así…” Estos jóvenes no irán adelante. Mansedumbre, fuerza y nada de pusilanimidad, nada de mediocridad. El beato Pier Giorgio Frassati  – que era un joven – decía que se necesita vivir, no “medio vivir”. [2] Los mediocres “medio viven”. Vivir con la fuerza de la vida. Se necesita pedir al Padre celestial para los jóvenes de hoy el don de la sana inquietud. Pero, en casa, en sus casas, en cada familia, cuando se ve a un joven que está sentado todo el día, a veces mamá y papá piensan: “Pero este está enfermo, tiene algo”, y lo llevan al médico. La vida del joven es ir adelante, estar inquieto, la sana inquietud, la capacidad de no contentarse con una vida sin belleza, sin color. Si los jóvenes no están hambrientos de una vida auténtica, me pregunto, ¿dónde irá la humanidad? ¿Dónde irá la humanidad con jóvenes quietos y no inquietos?

La pregunta de aquel hombre del Evangelio que hemos escuchado está dentro de cada uno de nosotros: ¿cómo se encuentra la vida, la vida en abundancia, la felicidad? Jesús responde: «Tú conoces los mandamientos» (v. 19), y cita una parte del Decálogo. Es un proceso pedagógico, con el cual Jesús quiere guiar a un lugar preciso; de hecho ya está claro, en su pregunta, que aquel hombre no tiene la vida plena, busca algo más y está inquieto. ¿Qué debe, por tanto, entender? Dice: «Maestro, todas estas cosas las he observado desde mi juventud» (v. 20).

¿Cómo se pasa de la juventud a la madurez? Cuando se comienzan a aceptar los propios límites. Nos convertimos en adultos cuando se relativiza y se toma conciencia de “lo que falta” (cfr. v. 21). Este hombre se ve obligado a reconocer que todo lo que puede “hacer” no supera un “techo”, no va más allá de un margen.

¡Qué hermoso es ser hombres y mujeres! ¡Qué preciosa es nuestra existencia! Y sin embargo hay una verdad que en la historia de los últimos siglos el hombre a menudo ha rechazado, con trágicas consecuencias: la verdad de sus límites.

Jesús, en el Evangelio, dice algo que puede ayudarnos: «No crean que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar pleno cumplimiento» (Mt 5, 17). El Señor Jesús regala el cumplimiento, vino para esto. Aquel hombre debía llegar al umbral de un salto, donde se abre la posibilidad de dejar de vivir de uno mismo, de las propias obras, de los propios bienes y – precisamente porque falta la vida plena – dejarlo todo para seguir al Señor [3]. Mirándolo bien, en la invitación final de Jesús – inmensa, maravillosa – no está la propuesta de la pobreza, sino de la riqueza, la verdadera: «Una sola cosa te falta: ve, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; ¡y ven! ¡Sígueme!» (v. 21).

¿Quién, pudiendo elegir entre un original y una copia, elegiría la copia? Este es el desafío: encontrar el original de la vida, no la copia. Jesús no ofrece sustitutos, ¡sino vida verdadera, amor verdadero, riqueza verdadera! ¿Cómo podrán los jóvenes seguirnos en la fe si no nos ven elegir el original, si nos ven adictos a las medias tintas? Es feo encontrar cristianos de medias tintas, cristianos – me permito la palabra – “enanos”; crecen hasta una determinada estatura y después no; cristianos con el corazón encogido, cerrado. Es feo encontrarse con esto. Es necesario el ejemplo de alguien que me invita a un “más allá”, a un “algo más”, a crecer un poco. San Ignacio lo llamaba el “magis”, «el fuego, el fervor de la acción, que sacude al soñoliento». [4]

El camino de lo que falta pasa por lo que hay. Jesús no vino a abolir la Ley o los Profetas sino a darles cumplimiento. Debemos partir de la realidad para hacer el salto a “lo que falta”. Debemos escudriñar lo ordinario para abrirnos a lo extraordinario.

En estas catequesis tomaremos las dos tablas de Moisés como cristianos, sosteniéndonos de la mano de Jesús, para pasar de las ilusiones de la juventud al tesoro que está en el cielo, caminando detrás de Él. Descubriremos, en cada una de esas leyes, antiguas y sabias, la puerta abierta por el Padre que está en los cielos para que el Señor Jesús, que la ha cruzado, nos conduzca a la vida verdadera. Su vida. La vida de los hijos de Dios.


[1] Los Padres hablan de pusilanimidad (oligopsychìa). San Juan Damasceno la define como «el temor de llevar a cabo una acción» (Exposición exacta de la Fe Ortodoxa, II, 15) y San Juan Clímaco agrega que «la pusilanimidad es una disposición pueril, en un alma que ya no es más joven» (La Scala, XX, 1, 2).

[2] Cf Carta a Isidoro Bonini, 27 de febrero de 1925.

[3] «El ojo fue creado para la luz, el oído para los sonidos, cada cosa para su fin, y el deseo del alma para apresurarse hacia el Cristo» (Nicola Cabasilas, La vida en Cristo, II, 90).

[4] Discurso a la XXXVI Congregación General de la Compañía de Jesús, 24 de octubre de 2016: «Se trata de “magis”, de aquel plus que lleva a Ignacio a iniciar procesos, a acompañarlos y evaluar su incidencia real en la vida de las personas, en materia de fe, o de justicia, o de misericordia y caridad».