El Aula Pablo VI repleta de fieles llegados de los cinco continentes fue el escenario este 8 de agosto, de la segunda Audiencia General del Papa Francisco, después de la pausa de verano del mes de julio, en la que el Pontífice continuó su catequesis sobre el primer mandamiento del Decálogo, profundizando sobre la idolatría, con la escena bíblica del becerro de oro, que representa el ídolo por excelencia. El Santo Padre inició su catequesis invitando a los 7 mil fieles presentes a detenerse en el contexto en el cual se desarrolla este episodio del libro del Éxodo, y se pregunta: ¿Qué es el desierto? “El desierto – afirmó – es el lugar en el que reinan la precariedad y la falta de seguridad” donde no hay nada, “faltan el agua, la comida y el amparo”. El Papa Francisco explicó que la naturaleza humana, para escapar de la precariedad del desierto, busca una religión “hágalo usted mismo”: “si Dios no se deja ver, nos hacemos un dios a la medida”.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos hoy meditando el Decálogo, profundizando en el tema dela idolatría, del que hablamos la semana pasada. Ahora retomamos el tema porque es muy importante conocerlo. Y nos inspiramos en el ídolo por excelencia, el becerro de oro, del que habla el libro del Éxodo (32, 1-8) – acabamos de escuchar un pasaje. Este episodio tiene un contexto preciso: el desierto, donde el pueblo espera a Moisés, que ha subido al monte para recibir instrucciones de Dios.

¿Qué es el desierto? Es un lugar donde reina la precariedad y la inseguridad – en el desierto no hay nada – donde falta el agua, falta el alimento y falta el refugio. El desierto es una imagen de la vida humana, cuya condición es incierta y no posee garantías inviolables. Esta inseguridad genera en el hombre ansiedades primarias, que Jesús menciona en el Evangelio: «¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Qué vestiremos?» (Mt 6, 31). Son las ansiedades primarias. Y el desierto provoca estas ansiedades.

Y en aquel desierto sucede algo que desencadena la idolatría: «Moisés tardaba en descender del monte» (Ex 32, 1). Se quedó allí 40 días y la gente se ha impacientado. Falta el punto de referencia que era Moisés: el líder, el jefe, el guía tranquilizador, y aquello se vuelve insostenible. Ahora el pueblo pide un dios visible – esta es la trampa en que cae el pueblo – para poderse identificar y orientar. Y dicen a Aarón: «¡Haz para nosotros un dios que camine a nuestra cabeza!», “haznos un jefe, haznos un líder!. La naturaleza humana, para huir de la precariedad – la precariedad es el desierto – busca una religión “hágalo usted mismo”: si Dios no se hace ver, nos hacemos un dios a la medida: «Frente al ídolo no se arriesga a la posibilidad de una llamada que haga salir de las propias seguridades, porque los ídolos “tienen boca y no hablan (Sal 115, 5). Entendemos ahora que el ídolo es un pretexto para ponerse a uno mismo al centro de la realidad, en la adoración de las obras de las propias manos» (Enc. Lumen fidei, 13).

Aarón no se opone a la petición de la gente y crea un becerro de oro. El becerro tenía un doble sentido en el cercano oriente antiguo: por una parte representaba fecundidad y abundancia, y por otra energía y fuerza. Pero ante todo es de oro, por ello es símbolo de riqueza, éxito, poder y dinero. Estos son los grandes ídolos: éxito, poder y dinero. ¡Son las tentaciones de siempre! Aquí está lo que es el becerro de oro: el símbolo de todos los deseos que dan ilusión de libertad y en cambio esclavizan, porque el ídolo siempre esclaviza. Hay una fascinación y tu vas. La fascinación de la serpiente, que mira al pajarillo y el pajarillo se queda sin moverse y la serpiente lo atrapa. Aarón no ha sabido oponerse.

Pero todo nace de la incapacidad de confiar sobre todo en Dios, de poner en Él nuestras seguridades, de dejar que sea Él quien dé verdadera profundidad a los deseos de nuestro corazón. Esto permite sostener también la debilidad, la incertidumbre y la precariedad. La referencia a Dios nos hace fuertes en la debilidad, en la incertidumbre y también en la precariedad. Sin el primado de Dios se cae fácilmente en la idolatría y nos contentamos con míseras garantías. Pero esta es una tentación que nosotros leemos siempre en la Biblia. Y piensen bien esto: liberar al pueblo de Egipto a Dios no le costó tanto trabajo; lo hizo con signos de poder, de amor. Pero el gran trabajo de Dios ha sido quitar a Egipto del corazón del pueblo, esto es quitar la idolatría del corazón del pueblo. Y todavía Dios sigue trabajando para quitarla de nuestros corazones. Este es el gran trabajo de Dios: quitar “ese Egipto” que traemos dentro, que es la fascinación de la idolatría.

Cuando se acoge al Dios de Jesucristo, que siendo rico se ha hecho pobre por nosotros (cf 2 Cor 8, 9), se descubre entonces que reconocer la propia debilidad no es la desgracia de la vida humana, sino que es la condición para abrirse a aquél que es verdaderamente fuerte. Entonces, por la puerta de la debilidad entra la salvación de Dios (cf 2 Cor 12, 10); es debido a la propia insuficiencia que el hombre se abre a la paternidad de Dios. La libertad del hombre nace de dejar que el verdadero Dios sea el único Señor. Y esto permite aceptar la propia fragilidad y rechazar a los ídolos de nuestro corazón.

Nosotros cristianos tornamos la mirada a Cristo crucificado (cf Jn 19, 37), que es débil, despreciado y despojado de toda posesión. Pero en Él se revela el rostro del Dios verdadero, la gloria del amor y no aquélla del engaño reluciente. Isaías dice: «Por sus llagas hemos sido curados» (53, 5). Hemos sido curados justamente por la debilidad de un hombre que era Dios. Nuestra curación viene de Aquél que se hizo pobre, que acogió el fracaso, que tomó hasta el fondo nuestra precariedad para llenarla de amor y de fuerza. Él viene a revelarnos la paternidad de Dios; en Cristo nuestra fragilidad no es más una maldición, sino lugar de encuentro con el Padre y fuente de una nueva fuerza de lo alto.