Evangelio según San Marcos 3, 20-35

Texto

¿Quién es Jesús? Ésta es la pregunta que centra el relato de este domingo. Unos lo niegan. No se abren a la presencia de Dios en Jesús. Y le califican de endemoniado. Los parientes le tienen por loco. Pero, también se presenta María, la Madre, con sus parientes, los adictos a Jesús, que forman parte de su familia espiritual porque escuchan y cumplen la Palabra.

1. Tiene dentro a Belzebú (v. 22)

Es la acusación contra Jesús por parte de los letrados y fariseos. Representa una total cerrazón a la escucha de la Palabra y a la manifestación de sus signos milagrosos.

Y en afán de desacreditarlo, se desplazan desde Jerusalén hasta Galilea y llegan a afirmar lo más contradictorio a lo que hace y dice Jesús. El Hijo de Dios, humanizado, es acusado de blasfemo y portador del mal total. Merece, por tanto, la lapidación. Esta acusación es la que a Jesús le llevará a la sentencia final: ser condenado a muerte por blasfemo. ¡Total ceguera y maldad!
Jesús se enfrenta verbalmente a tal acusación y descubre su contradicción: Si Satanás expulsa a Satanás, él mismo se está destruyendo (vs. 26-27).

Pero, Jesús es consciente del poder divino y se siente el más fuerte, que domina las fuerzas del mal en sí mismo. Su misión es: destruir el mal que los mismos hombres realizan. Él viene a dar la salvación total.

2. El que blasfema contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás (v. 29)

Jesús propone e invita a seguirle. Él ofrece toda la salvación. No la impone a la fuerza. Y el hombre, que es libre, tiene el riesgo de rechazar el Espíritu, la energía de Jesús contra el pecado, el Amor de Dios, manifestado en Él.

Éste es el drama del ser humano: rechazar el Amor de Dios, que le ofrece la felicidad total. Dios está siempre dispuesto a perdonarnos. Pero, cada uno tiene que arrepentirse para poder abrir las puertas de su conciencia a la acción salvadora del Señor.

El Espíritu Santo es el mismo Dios-Amor. Recordemos la frase de san Agustín: El Padre es el Amante, el Hijo es el Amado, el Espíritu es el Amor. Por eso, quien rechaza al Espíritu, rechaza el Amor total que Dios ofrece en Jesús, que se entrega a la muerte por amor.

Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él. El que cree en él no será condenado; por el contrario, el que no cree en él, ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios (Jn 3, 16-18).

3. Éstos son mi madre y mis hermanos (v. 34)

Jesús mira alrededor y serena su interior y dulcifica sus palabras, al contemplar aquella familia espiritual que trata de entenderle y seguirle. Entre ellos, la Madre, que seguramente estaría inquieta por conocer más a fondo el misterio de la persona y misión de su Hijo.

Los que cumplen la voluntad de Dios (v. 35) ingresan en sintonía con el Reino, aunque no entiendan del todo la profundidad del misterio de Jesús. Se adhieren, aunque a veces con errores, a vivir el plan de Dios en sus vidas. Todavía no han asimilado el misterio de la cruz. La oscuridad del proceso de fe es algo habitual en los discípulos de Jesús, de entonces, de ahora y de siempre.

Es necesario para los creyentes de todos los tiempos vivir la exhortación de la Carta a los Hebreos: Fijos los ojos en Jesús, autor y perfeccionador de la fe, el cual, animado por la alegría que le esperaba, soportó sin acobardarse la cruz y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Fíjense, pues, en aquel que soportó en su persona tal contradicción de parte de los pecadores, a fin de que no se dejen vencer por el desaliento (Heb 12, 2-3).