La apertura a la salvación que el Señor me ofrece constantemente es algo necesario para mí, para recibir la gratuidad del don que el Padre me quiere dar por medio del Espíritu. Para mí, sintonizar con la voluntad de Dios es el bien y la felicidad. Si me cierro a ese plan, no podré llegar a ser feliz. Todo esto me ofrece siempre el Señor, porque sabe que con Él viviré plenamente como persona y como hijo suyo.

Lo peor que me puede ocurrir es pensar que no necesito la salvación de Dios, distorsionando la misma salvación y rechazando su gracia y su vida.

Los fariseos pensaban que la salvación la obtenían por sí mismos, por sus buenas obras. Que Dios necesariamente les tenía que dar el cielo, "por sus méritos". Y, en consecuencia, rechazaban la gratuidad del don del Señor. Nada más lejano a lo que Dios quiere de nosotros. Pues, Él desea que nos comportemos como hijos necesitados de su misma vida y que respondamos con nuestra conducta a ese don que él nos regala. Necesitados, abiertos y confiados en el Padre.

Señor, arranca de mi corazón todo pensamiento sobre mi capacidad para hacer el bien. Porque estoy convencido de que sólo con tu gracia podré responder a la ayuda que Tú siempre me das.

Destierra de mi corazón, Padre, toda pretensión y confianza en mis propias fuerzas para llegar hasta Ti. Sé que todo crecimiento en el camino del Espíritu viene de Ti. Por eso, quiero agradecerte siempre esta vida que infundiste en mí y que la haces crecer, con mi pequeña respuesta a tu impulso, gracia y generosidad.

Padre, que nunca ponga resistencias al Espíritu, que está en mí para crecer en el Amor, que Tú me regalas generosamente. Que me deje animar y modelar a impulsos del fuego del Espíritu, artífice de tu amistad en mí. Quiero ser, oh Jesús, de tu familia. Y vivir siempre en la casa de tu amistad.