Vas a iniciar un tiempo de encuentro de amistad con el Señor, el mejor Amigo.

Te va a decir su Palabra. Y tú prepárate para escucharla e interiorizarla en tu propia persona.

Recuerda que la Palabra es vida. Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras dan vida eterna (Jn 6, 68), le digo entusiasmado como Pedro.

Suplico al Espíritu que me manifieste el sentido verdadero de la Palabra que voy a meditar: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Marcos 3, 20-35

Texto

¿Quién es Jesús? Ésta es la pregunta que centra el relato de este domingo. Unos lo niegan. No se abren a la presencia de Dios en Jesús. Y le califican de endemoniado. Los parientes le tienen por loco. Pero, también se presenta María, la Madre, con sus parientes, los adictos a Jesús, que forman parte de su familia espiritual porque escuchan y cumplen la Palabra.

1. Tiene dentro a Belzebú (v. 22)

Es la acusación contra Jesús por parte de los letrados y fariseos. Representa una total cerrazón a la escucha de la Palabra y a la manifestación de sus signos milagrosos.

Y en afán de desacreditarlo, se desplazan desde Jerusalén hasta Galilea y llegan a afirmar lo más contradictorio a lo que hace y dice Jesús. El Hijo de Dios, humanizado, es acusado de blasfemo y portador del mal total. Merece, por tanto, la lapidación. Esta acusación es la que a Jesús le llevará a la sentencia final: ser condenado a muerte por blasfemo. ¡Total ceguera y maldad!
Jesús se enfrenta verbalmente a tal acusación y descubre su contradicción: Si Satanás expulsa a Satanás, él mismo se está destruyendo (vs. 26-27).

Pero, Jesús es consciente del poder divino y se siente el más fuerte, que domina las fuerzas del mal en sí mismo. Su misión es: destruir el mal que los mismos hombres realizan. Él viene a dar la salvación total.

2. El que blasfema contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás (v. 29)

Jesús propone e invita a seguirle. Él ofrece toda la salvación. No la impone a la fuerza. Y el hombre, que es libre, tiene el riesgo de rechazar el Espíritu, la energía de Jesús contra el pecado, el Amor de Dios, manifestado en Él.

Éste es el drama del ser humano: rechazar el Amor de Dios, que le ofrece la felicidad total. Dios está siempre dispuesto a perdonarnos. Pero, cada uno tiene que arrepentirse para poder abrir las puertas de su conciencia a la acción salvadora del Señor.

El Espíritu Santo es el mismo Dios-Amor. Recordemos la frase de san Agustín: El Padre es el Amante, el Hijo es el Amado, el Espíritu es el Amor. Por eso, quien rechaza al Espíritu, rechaza el Amor total que Dios ofrece en Jesús, que se entrega a la muerte por amor.

Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él. El que cree en él no será condenado; por el contrario, el que no cree en él, ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios (Jn 3, 16-18).

3. Éstos son mi madre y mis hermanos (v. 34)

Jesús mira alrededor y serena su interior y dulcifica sus palabras, al contemplar aquella familia espiritual que trata de entenderle y seguirle. Entre ellos, la Madre, que seguramente estaría inquieta por conocer más a fondo el misterio de la persona y misión de su Hijo.

Los que cumplen la voluntad de Dios (v. 35) ingresan en sintonía con el Reino, aunque no entiendan del todo la profundidad del misterio de Jesús. Se adhieren, aunque a veces con errores, a vivir el plan de Dios en sus vidas. Todavía no han asimilado el misterio de la cruz. La oscuridad del proceso de fe es algo habitual en los discípulos de Jesús, de entonces, de ahora y de siempre.

Es necesario para los creyentes de todos los tiempos vivir la exhortación de la Carta a los Hebreos: Fijos los ojos en Jesús, autor y perfeccionador de la fe, el cual, animado por la alegría que le esperaba, soportó sin acobardarse la cruz y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Fíjense, pues, en aquel que soportó en su persona tal contradicción de parte de los pecadores, a fin de que no se dejen vencer por el desaliento (Heb 12, 2-3).


La apertura a la salvación que el Señor me ofrece constantemente es algo necesario para mí, para recibir la gratuidad del don que el Padre me quiere dar por medio del Espíritu. Para mí, sintonizar con la voluntad de Dios es el bien y la felicidad. Si me cierro a ese plan, no podré llegar a ser feliz. Todo esto me ofrece siempre el Señor, porque sabe que con Él viviré plenamente como persona y como hijo suyo.

Lo peor que me puede ocurrir es pensar que no necesito la salvación de Dios, distorsionando la misma salvación y rechazando su gracia y su vida.

Los fariseos pensaban que la salvación la obtenían por sí mismos, por sus buenas obras. Que Dios necesariamente les tenía que dar el cielo, "por sus méritos". Y, en consecuencia, rechazaban la gratuidad del don del Señor. Nada más lejano a lo que Dios quiere de nosotros. Pues, Él desea que nos comportemos como hijos necesitados de su misma vida y que respondamos con nuestra conducta a ese don que él nos regala. Necesitados, abiertos y confiados en el Padre.

Señor, arranca de mi corazón todo pensamiento sobre mi capacidad para hacer el bien. Porque estoy convencido de que sólo con tu gracia podré responder a la ayuda que Tú siempre me das.

Destierra de mi corazón, Padre, toda pretensión y confianza en mis propias fuerzas para llegar hasta Ti. Sé que todo crecimiento en el camino del Espíritu viene de Ti. Por eso, quiero agradecerte siempre esta vida que infundiste en mí y que la haces crecer, con mi pequeña respuesta a tu impulso, gracia y generosidad.

Padre, que nunca ponga resistencias al Espíritu, que está en mí para crecer en el Amor, que Tú me regalas generosamente. Que me deje animar y modelar a impulsos del fuego del Espíritu, artífice de tu amistad en mí. Quiero ser, oh Jesús, de tu familia. Y vivir siempre en la casa de tu amistad.


A ti mismo, que te olvidas con frecuencia de que Dios te ama, vive dentro de ti y te anima siempre a caminar en sus sendas.

A Jesús, que me invita a pertenecer a su familia espiritual, para vivir de acuerdo a la voluntad del Padre.

Intentaré vivir esta semana de acuerdo a la amistad que siempre me ofrece el Padre Dios impulsado por esta pequeña oración: Yo confío siempre en ti, Jesús, y quiero ser de tus íntimos, de tu familia.