Vas a iniciar este tiempo de diálogo con el Padre Dios. Ten en cuenta que Él es el que te va a decir su Palabra. Y tu actitud ha de ser de escucha atenta y de respuesta fiel.

Recuerda: "Orar es pensar en Dios, amándole" (Carlos de Foucauld).

"La oración es la vida del corazón nuevo" (Catecismo de la Iglesia Católica).

"Oración es unión con Dios de mente y corazón" (Concilio Vaticano II).

Invoca al Espíritu, abriéndote a su inspiración y acción: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)


Evangelio según San Marcos 6, 1-16

Contexto bíblico

Marcos concluye los capítulos que ha dedicado a relatar la actividad de Jesús en torno al lago de Tiberíades. Dicha actividad se despliega en la enseñanza con parábolas y en la realización de milagros.

En este relato nos presenta a Jesús en su actuación ante sus paisanos de Nazaret.

Texto

1. ¿De dónde le viene a éste todo esto? (v. 2)

La reacción de sorpresa y escándalo de los habitantes de Nazaret ante la predicación de Jesús, su paisano, puede deberse a:

  • las falsas expectativas que los nazaretanos pusieron en Jesús, pues esperaban de Él algún milagro y
  • la falta de fe, pues le miraban como a un paisano más, sin darse cuenta de quién era y qué misión les llevaba.

Los vecinos se asombran ante la enseñanza de Jesús. Al parecer, no les interesa el mensaje de la Palabra. Es una admiración, no de aprobación, sino de rechazo. Buscan algo más, algún milagro a favor de su pueblo y de sus familias. Es un relato similar al que nos presenta el evangelista Lucas (4, 14-30).

No reconocen en Jesús sino la relación humana de su familia y del ambiente popular de Nazaret. Le ven sólo desde el lado humano: ¿No es éste el carpintero? (v. 3).

La pregunta inquietante es: ¿quién es Jesús? Quedaron desconcertados los paisanos de Nazaret. No acertaban a dar con la respuesta. En vez de mirarle como el Enviado de Dios, el Mesías, sólo le quieren interpretar desde sus coordenadas humanas. En definitiva, los vecinos de Jesús no supieron ver más allá, mirarlo como el profeta esperado. Les falló, una vez más, la fe.

Y es que Dios se presenta calladamente, en lo más rutinario y normal de la existencia humana. La raíz de la incredulidad está en la incapacidad de descubrir y ver a Dios en lo ordinario de cada día.

2. Y estaba sorprendido de su falta de fe (v. 6)

Así resume Marcos este episodio del encuentro de Jesús con sus paisanos. La falta de fe les llevó a no creer nada de la enseñanza de Jesús. Esperaban, tal vez, algún milagro que les sacara de la pobreza o diera la salud a los enfermos del vecindario. Tal vez, podían esperar que Jesús diera renombre a su desconocido poblado...

Todos los anhelos de los paisanos vinieron al suelo. Y también las expectativas de Jesús en sus paisanos. Y es que la falta de fe no hace mirar más que a lo visible ante los ojos, lo terreno que puede beneficiar materialmente, lo milagrero que puede sacar de sus apuros, lo inmediato que satisfaga la comodidad o la pereza, o lo fácil que pueda ahorrar cualquier esfuerzo o atrapar el cielo con las manos.

Jesús queda imposibilitado de promover una conversión en sus paisanos a los valores del Reino de Dios. Ellos soñaban con algún beneficio terreno. Jesús venía a ofrecerles la salvación anunciada por los profetas y esperada por el pueblo creyente del Antiguo Testamento.

La incredulidad rechaza la salvación que ofrece el Señor. Y esto sucede, no sólo en Nazaret, sino en todo lugar y en todo tiempo. Hay cristianos que sólo piden a Dios bienes materiales: salud, trabajo, prosperidad... No van más allá. Jesús viene ofreciendo y dando la vida verdadera. La fe pequeña de muchos cristianos se ve estrellada cuando no consiguen de Dios, a pesar de sus oraciones, veladoras y peregrinaciones, lo que le piden. El fracaso puede ser rotundo. "Este Dios a quien rezo no me es útil. No me sirve. Lo dejo".

El don auténtico de Dios no puede abrirse a aquellos creyentes que se creen con el derecho a señalar al mismo Dios lo que tiene que conceder. Y, para obligar más a Dios, se atreven a presentarle sus virtudes y "méritos" (¿qué es esto?), como razón poderosa y exigente para que el Señor les otorgue el beneficio de lo que le suplican. Es necesario purificar eso que se dice fe, pero que, con frecuencia, no es más que un barniz de religiosidad, que raya en el paganismo.


En mi relación con el Señor, en el diálogo de la oración, en la fe que tengo, ¿no me estaré comportando como los paisanos de Nazaret? ¿Qué es lo que pido en la oración? ¿Que yo haga la voluntad de Dios o que Él haga mi voluntad?

Al escuchar su Palabra, ¿trato de descubrir lo que Dios quiere de mí o intento que Dios haga lo que yo le pido? ¿Trato de manipular a Dios? ¿Le presento mis "méritos" (¿qué es esto?) o me siento necesitado y pobre ante Él?

Padre, deseo sintonizar siempre con tu Palabra, con tu santa Voluntad, con el proyecto de vida que has diseñado para mí. Deseo que mis aspiraciones e ideales vayan siempre en conformidad con tu Palabra.

Haz que yo responda siempre a ese proyecto salvífico que tienes para mí. Que no te utilice para mis modos de pensar, de sentir y de vivir. Que los valores del Reino los vaya asimilando, lo mismo que hizo tu Hijo Jesús cuando vivió como nosotros.


En las manos y en el corazón del Padre, me quedo sereno y tranquilo. En Él, voy a pacificar mi corazón y mi vida. Sus planes son mis planes, sus deseos son los míos.

Mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos (1 Cor 1, 22-23).