2do. Domingo de Adviento

2do. Domingo de Adviento

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Nos ponemos en actitud de escuchar al Señor lo que quiera trasmitirnos por medio de su Palabra que leemos en las Sagradas Escrituras. Es momento importante éste de la oración. Porque el Padre nos presenta amorosamente su voluntad.

Orar es entrar en la simplicidad del Amor del Padre por el Hijo en el Espíritu.

Orar es tomar conciencia de nuestra propia pequeñez, que la aceptamos con alegría.

Orar es aprender a experimentar que sólo los pequeños son sencillos y son los amados del Padre.

Orar es acostumbrarse a confiar, porque sólo los pequeños confían, no en sus propias fuerzas, sino en el Padre de Jesús.

Orar es alabar al Padre porque manifiesta los misterios del Reino a la gente sencilla y los oculta a los "sabios" de este mundo.

Invoquemos al Espíritu, que está listo para abrirnos al sentido de la Palabra y a fortalecer nuestra decisión de vivirla: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.

Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)

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Evangelio según San Lucas 3, 1-6

Contexto bíblico

Lucas describe la presentación y ministerio de Juan Bautista, ubicado en la historia del mundo pagano y en la historia del pueblo de Israel.

Lucas pretende, al darnos estos datos históricos, mostrarnos la historia de la salvación, que nos llega con Jesús. Y esta salvación está insertada en la historia humana.

Los datos que nos da Lucas permite afirmar que la predicación de Jesús se inicia hacia el año 27 ó 28 de nuestra era.

Texto

1. La palabra de Dios vino sobre Juan (v. 2)

Lucas aplica a Juan la profecía de Isaías (40, 3-5). Él es la voz que grita en el desierto, anunciando la venida del Mesías. En Juan actúa la Palabra para trasmitir el proyecto de Dios para salvar a todos los pueblos.

Juan es el profeta itinerante. Y no es uno más en la larga lista de los profetas de Israel. Es el último profeta del Antiguo Testamento que conecta con el Nuevo Testamento. Como los anteriores profetas, Juan viene a preparar los caminos al Mesías. Y Lucas subraya, sobre todo, la universalidad de su misión, cuando termina la cita de Isaías, con la frase todos verán la salvación de Dios (v. 6). Es lo que el mismo Lucas describirá en su libro de los Hechos de los apóstoles.

Juan se ve sorprendido por la Palabra. Podía haber heredado el título y ministerio de sacerdote de su padre Zacarías, al servicio del culto en el templo de Jerusalén. Pero, eligió la vocación de profeta austero y penitente, en la vida dura del desierto, para anunciar el bautismo de conversión.

A Juan le vino la Palabra. Y por la fuerza de esta Palabra, renunció a los privilegios y prefirió la sencillez del pueblo. Se fue al desierto. Pues, la Palabra siempre viene desde el desierto, lugar del silencio y de la escucha de la Palabra. Y se dirige a los que viven en seguridad e instalados en el poder.

2. Preparen el camino del Señor

La salvación viene en la historia de cada día. Y así nuestra historia se hace "historia de salvación". Con una condición: que se dé la conversión de valores, actitudes y conducta según el Evangelio.

Ésta es la vocación del profeta cristiano: dejarse invadir por la Palabra, trasmitirla acompañada de su estilo de vida, ser su testigo con hechos y anunciar con palabras la Buena Noticia de la salvación, la presencia del Salvador entre los humanos.

Lo que caracteriza al profeta no es el "pre-decir", sino el "decir". El profeta se enfrenta a los poderes que explotan y esclavizan. El profeta debe abrir a los oyentes a la esperanza de un futuro mejor y promover la solidaridad y la justicia entre todos. El Señor guiará a Israel en medio de la alegría y a la luz de su gloria, escoltándolo con su misericordia y su justicia (Baruc 5, 9; primera lectura de este domingo).

El profeta cristiano tiene experiencia de "pueblo", es decir, está encarnado en medio de los sufrimientos y alegrías de la gente. Y está penetrado de la Palabra, porque escucha a Dios que le trasmite el plan de liberación, que, a su vez, trasmite al pueblo. Así el profeta "prepara los caminos del Señor".

3. Todos verán la salvación de Dios (v. 6)

Nuestra esperanza no queda defraudada por la espera de la venida del Señor. Él viene constantemente a nuestra vida y a nuestra conciencia. Él nos promete y nos da la plenitud de su Ser: Amor y Vida.

La liberación de nuestras esclavitudes nos viene del Señor. Y la Alianza, el pacto de amor, nos ofrece nuestro Dios en el desierto, que significa búsqueda y silencio, superación de las tentaciones y encuentro con Dios. Como aconteció con el pueblo de Israel, que, en el desierto, recibió la Alianza, el pacto de amor.

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El Señor me ofrece ese camino de liberación de mis pecados y de llegar a la plena salvación. Es el Padre que sale a mi encuentro y me regala su Amor incondicional.

Tengo que preparar los caminos de mi conciencia al Señor. Allanar las colinas de mi soberbia, aplanar las honduras de mis complejos, temores, debilidades y pecados. Abrir senderos de venida, buscados y pensados en el desierto del silencio interior, libre de tantas ocupaciones y preocupaciones.

Señor, me percibo como un terreno accidentado, lleno de obstáculos y oscuridades, que impiden y retrasan tu venida hacia mí. Quiero ir preparando este camino, para que Tú entres plenamente en mi vida. Mejor. Quiero dejarte mi terreno abierto para que Tú vayas haciendo esta tarea, que Tú sabes, quieres y puedes.

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Contempla

Al Padre que sigue trabajando en tu interior purificando tu conciencia de tus limitaciones y pecados que retrasan su venida liberadora.

A Jesús, colaborador principal del Padre, que sigue su tarea de salvación.

Al Espíritu, artífice de la obra de Amor en el interior de las conciencias.

A ti mismo, necesitado pero confiado; cerrado con frecuencia, pero con deseos sinceros de dejar al Señor que realice su obra dentro de ti.

Esta semana trataré de abrirme totalmente a la acción de Dios en mi vida. Con toda la confianza, exclamaré y oraré durante la semana con el salmo responsorial de este domingo: El Señor es mi Dios y mi Salvador.

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