3er. Domingo de Adviento

3er. Domingo de Adviento

Image

Dios te está esperando. Hay que reconocer que necesitamos un tiempo para reencontrarnos con nosotros mismos en lo más profundo de la conciencia.

El Señor te invita: Ven conmigo a un lugar solitario y descansemos un poco (Mc 6, 31).

Orar es emprender un camino empujado por la sed, el ansia y la nostalgia de Dios.

Orar es comenzar ese camino, con los pies descalzos, sin adherencias extrañas en ti mismo, dejando a un lado tus ocupaciones y preocupaciones.

Orar es hacer silencio, dejar todos los ruidos, alejarte de las prisas y de mirar el reloj.

Orar es profundizar en el silencio y caminar, caminar, caminar.

Ábrete al soplo del Espíritu. Deja tu conciencia abierta, porque Él te está llamando.

Invoca al Artífice de la comunión, el Espíritu: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.

Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)

Image

Evangelio según San Lucas 3, 10-18

Contexto litúrgico

El tercer domingo de Adviento marca un avance en la preparación espiritual: es la alegría. Porque el Señor está cerca. Éste es un domingo para el gozo con el Señor.

Pablo, en la carta a los Filipenses (segunda lectura de este domingo), nos anima: Alégrense siempre en el Señor. Se lo repito: ¡Alégrense!

Texto

1. ¿Qué tenemos que hacer? (v. 10)

Juan Bautista levanta el ánimo y la esperanza de la gente. Su predicación, austera y firme, motiva al pueblo a la penitencia y a esperar al Mesías. De ahí la pregunta que distintos sectores del público (gente, publicanos, militares) hacen a Juan: ¿Qué tenemos que hacer?

No se preguntan lo que hay que pensar, lo que hay que rezar, ni siquiera lo que hay que creer. El oyente de la Palabra tiene que dirigir su actitud interior hacia las obras, la conversión en este caso.

La buena noticia tiene que llegar a lo más hondo de la persona y arrancar esa disposición inicial de cambiar. A cada grupo les da su respuesta.

Tres grandes puntos les señala Juan:

  • Caridad: El que tenga dos túnicas dé una al que no tiene y el que tenga comida, compártala con el que no la tiene (v. 11).
  • Justicia: No exijan nada fuera de lo establecido (v. 13).
  • No-violencia: A nadie extorsionen ni denuncien falsamente (v. 14).

Todo el mensaje de Juan va dirigido hacia el prójimo. Éste es el culto que Dios quiere. La Palabra es liberadora, exigente y se dirige a la conversión, a dar frutos. No hay privilegio para nadie. Ni siquiera "por ser hijos de Abrahán" (v. 8).

2. Él les bautizará con Espíritu Santo y fuego (v. 16)

Juan no sólo trasmite su palabra fogosa y exigente. Anuncia también el signo bautismal, de penitencia y de conversión. Va anticipando el verdadero bautismo con Espíritu Santo y fuego.

Al rito del bautismo precede la predicación de la Palabra. El mensaje central de Juan es la venida del Mesías. Ante la creencia de la gente de que Juan es el Mesías, él afirma con claridad: viene el que es más fuerte que yo y a quien no soy digno de desatar la correa de sus sandalias (v. 16). Juan no se arroga ningún título y va señalando que el importante es el que viene, el verdadero Mesías. Ésta es la grandeza de Juan. Se declara como un pequeño y humilde servidor del Mesías. Y el verdadero bautismo será el de Jesús, que bautizará (sacramento) con Espíritu y fuego.

Lucas, autor del libro de los Hechos de los Apóstoles, anuncia ya la venida del Espíritu en Pentecostés al principio de la Iglesia. El Espíritu descenderá en formas de lenguas de fuego y transformará totalmente a los apóstoles (Hch 2, 3).

Juan Bautista nos indica el camino para encontrarnos con Jesús. Con Él, nos llegará al ánimo de vivir, el entusiasmo por el Señor, las fascinación de estar en su compañía, el gozo y la alegría de la "buena nueva", anunciada por Juan, y traída por el mismo Jesús.

Image

La Palabra de este domingo me invita a vivir con alegría (primera y segunda lecturas). Y Juan me indica el camino para llegar a disfrutar del encuentro gozoso con Jesucristo. Él es nuestro gozo permanente.

La conversión lleva a enamorarse de nuestro Dios, a quedar fascinados por su belleza y por su bondad. El fuego del Espíritu, recibido en el Bautismo, va calcinando nuestros vicios y nos va animando en este enamoramiento de nuestro Dios.

¿Vivo alegre y gozoso por este encuentro de vida? ¿Me siento, aunque con dificultades, henchido del Amor, que me satisface y me hace mirar de otro modo las asperezas de la vida?

Tú eres el más fuerte. Así te llama Juan. Y siento que contigo puedo vencer las dificultades que me salen al camino cuando decido seguirte con mayor fidelidad.

Actúa en mí con el fuego de tu Espíritu. Que entre en el oleaje de tu Amor y quede encendido en tu fuego ardiente. Para que, cada vez más, quede purificado y siga creciendo en el ardor de tu hoguera de Amor.

Gracias porque he recibido el bautismo de fuego, en tu Espíritu, que es Amor.

Image
Contempla

A Jesús, que me envuelve en el manto de su Amor.

A ti mismo, que te sientes liberado de tantas ataduras que te hieren y te distraen.

A ti mismo, que te sientes descansado y en paz con las caricias de este Amor.

Haré resonar en mi interior durante la semana, la exhortación de Pablo a los Filipenses: estén siempre alegres en el Señor; les repito, estén alegres (Flp 4, 4).

Que la alegría de estar con el Señor transforme mi vida en gozo y paz conmigo y con mis hermanos.

Actúa