3er. Domingo Ordinario

3er. Domingo Ordinario

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El Espíritu, el mismo que inspiró a los escritores sagrados la Palabra de Dios, es el que ahora está contigo y quiere descubrirte el sentido de la misma Palabra. Escúchale y ábrete a su inspiración.

En el silencio escucharás la voz de la Palabra, para que también tú la lleves a tu conciencia y vaya transformando tu vida.

Este es un momento muy importante para tu misma vida espiritual. Por eso, deja a un lado tus preocupaciones y tus planes. Escuchar la Palabra y aceptarla es la tarea más importante.

Invoca al Espíritu: Veni, Sancte Spiritus.

Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.

Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén.

(A. Somoza)

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Evangelio según San Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

Texto

La lectura del Evangelio, propuesta por la liturgia para este domingo, tiene dos partes:

  • el Prólogo del Evangelio (1, 1-4) y
  • la presentación de Jesús en la sinagoga de Nazaret (4, 14-21).

En el Prólogo, escrito al estilo de los historiadores de su tiempo, Lucas nos indica el cuidado que ha tenido para reunir los datos y tradiciones sobre Jesús de Nazaret.

Señala además que el origen de todo está en Jesús y los datos que los testigos oculares describen después de la resurrección de Jesús, son los temas de la predicación sobre el Mesías.

El Evangelio y el libro de los Hechos de los apóstoles están dedicados a un tal ilustre Teófilo. Este nombre significa "amigo de Dios". Esto hace suponer a algunos comentaristas que Teófilo era un cristiano conocido. Otros, en cambio, opinan que Teófilo es un nombre simbólico. Y, por esto, la dedicatoria va dedicada a cualquier cristiano de cualquier época.

1. Lleno del Espíritu Santo (v. 4, 1)

La misión que Jesús va a proclamar en la sinagoga de Nazaret está impulsada por el Espíritu Santo. Así Lucas ya comienza a ver a Jesús como el profeta enviado por Dios para trasmitir a su pueblo su mensaje.

En el Jordán, Jesús es ungido por el Espíritu Santo (3, 22). Así comienza su actividad apostólica como ya había comenzado su existencia humana por obra del Espíritu Santo (Lc 1, 35).

Es el Espíritu que le conduce a Galilea. Allí había comenzado su vida y se había desarrollado su infancia y adolescencia. Y en la despreciada "Galilea de los gentiles" comienza su ministerio, por la Palabra, impulsado por el Espíritu.

El Espíritu, que inspiró a los profetas y a los autores sagrados, y que en Jesús en Galilea, extiende ampliamente su acción. Su virtud quiere transformar el mundo, santificarlo, ponerlo bajo la soberanía de Dios. Cuando Jesús haya terminado en Jerusalén la meta de su actividad que comienza en Galilea, partirán los discípulos en virtud del Espíritu y la noticia de Jesús llenará el mundo entero.

2. El Espíritu está sobre mí (v. 18)

Lucas nos presenta a Jesús como el lector que proclama la Palabra de Dios, escrita por Isaías el profeta. Y se siente ungido por el mismo Espíritu para actualizar la virtud de la Palabra que cuatro siglos antes había pronunciado el Tercer Isaías (Is 61, 1-3).

Curiosamente, Lucas no cita una parte del versículo original de Isaías (61, 2) un día de venganza de nuestro Dios. Lucas ha sido calificado como el "evangelista de la ternura y misericordia de Dios". ¡Detalle muy significativo!

Lucas subraya también el poder de la Palabra de Dios, que actúa para anunciar (y realizar) la buena noticia a los pobres. Es cierto, la Palabra de Dios es viva y eficaz (hace lo que dice) (Heb 4, 12). Todo el Evangelio es la buena y alegre noticia que proclama, con palabras y obras, que Jesús trae la liberación. Jesús es profeta, porque proclama la salvación y también es Mesías, porque su Palabra es ya salvadora y liberadora.

Es un texto programático para la Iglesia y para todo discípulo de Jesús: ungido, para anunciar y realizar la liberación a los pobres, encarcelados, ciegos, oprimidos y seguir proclamando un año (sin fin) de gracia del Señor.

3. Hoy se ha cumplido ante ustedes esta Palabra (v. 4, 21)

Es la brevísima homilía que Jesús pronuncia, después de haber leído al profeta Isaías. Con estas palabras, Jesús quiere indicar que en El, por su venida, presencia y acción, toda la salvación de Dios ya está presente para aquellos que quieran acogerla.

La Iglesia tiene la misión, como los primeros apóstoles, de ir anunciando y actualizando en cada lugar y en todo tiempo que la acción salvadora del Mesías Jesús es constante. El "hoy" es constante, porque siempre es "ahora" y "hoy" y en cada momento el Señor nos está brindando su salvación.

La Liturgia de la Iglesia proclama constantemente la Palabra. Y esta Palabra no es sólo una preparación para celebrar el sacramento (bautismo, penitencia, Eucaristía, etc...). Tampoco la Palabra se limita a ser memoria de un hecho pasado. Es la actividad que se realiza en el momento en que se proclama la Palabra. De tal modo, que algunos biblistas le llaman "Palabra sacramental", porque sin pronunciar la Palabra no hay sacramento.

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También yo he recibido desde el bautismo la naturaleza de ser hijo de Dios y, con eso, la condición y vocación de ser, como Jesús sacerdote, profeta y rey.

La Palabra de Dios ha de ser para mí: una luz que oriente mis pasos y la fuerza constante que me impulse a proclamar la Buena Noticia de la salvación.

¿Soy consciente de esta vocación regalada por el Señor? ¿Trato de vivirla y realizarla a favor de los pobres?

Haré una revisión de mi vida como discípulo del Profeta de Nazaret y, en concreto, de mi actuación a favor de otras personas, para que vivan su vocación de bautizados y ungidos.

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Contempla

A Jesús, cuando hace el ministerio de lector en la sinagoga de Nazaret. ¿Presto mis servicios para realizar tal ministerio en la comunidad cristiana? ¿Me siento llamado a ofrecer mis servicios como catequista e intérprete de la Palabra?

Jesús es el modelo perfecto que me enseña a dar testimonio ante los demás, para animar a los perezosos o indecisos.

Concretaré mis buenos propósitos para vivir lo mejor posible mi vocación de evangelizador, discípulo y misionero.

Repetiré con frecuencia durante la semana: El Espíritu del Señor está sobre mí. Y trataré de vivir gozosamente mi bautismo, como hijo de Dios: sacerdote, profeta y rey.

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